Querían pedalear hasta el fin del mundo, pero robaron su sueño

Florencio Varela 06 de febrero de 2020 Por Angela Beatriz Juarez
En el Cruce de Florencio Varela, el pasado martes cerca de la una del mediodía, se terminó el sueño de un padre y su hijo –de cinco años quien tiene Trastorno del Espectro Autista- cuando les robaron la bicicleta con la que salían a pasear.

“Amadeo fue diagnosticado a los dos años con autismo. A partir de ahí, comenzó con sus tratamientos”, afirma Cristian Gómez, su papá.
El Trastorno del Espectro Autista (TEA) es un trastorno neurobiológico del desarrollo que ya se manifiesta durante los tres primeros años de vida y que perdurará a lo largo de todo el ciclo vital.
“Yo empecé a buscarle la vuelta para tratar de encontrar una conexión. Surgió la idea de ir a una de las marchas de concientización sobre el autismo. Conocí a Juan Zemborain, quien tiene un Facebook que se llama “Empujando Limites”. Él tiene un hijo con autismo y, también, anda con su hijo en bici. Andan por todos lados, cruzaron la Cordillera de los Andes…” cuenta entusiasmado el vecino del barrio Martín Fierro.
La bicicleta es el mejor regalo que un niño puede recibir. Una vez que han dominado la técnica básica, el ciclismo puede ser una forma maravillosa de disfrutar del aire libre. Como otros deportes, se puede practicar solo o en grupo y de forma competitiva o solo por disfrutarlo. La persona con trastorno puede tardar un poco más en aprender, pero puede disfrutar de la bici como cualquier otra, esa sensación del aire en la cara, del paseo tranquilo, de explorar caminos.
“Motivado por esto, surgió la idea de encontrar conexión con Amadeo a través de la bici. Enganchamos la vuelta al toque. A él le encantó. Salíamos a Constitución, Avellaneda, La Plata en bici. Andábamos por todos lados. A él le encantaba, era la conexión que nosotros teníamos con él”, cuenta su papá.
En este proceso de transformación, Amadeo pudo generar nuevos comportamientos y aptitudes que dieron como resultado una mejora de su calidad de vida. Esto dentro de la actividad física y del autismo se traduce en igualdad de oportunidades, mejora el estado psicológico y es un importante elemento de cohesión social. Y todo ello porque, ir en la sillita de la bici junto a su papá tenía como fin principal el disfrute en el aprendizaje.
“El martes, a la una y media, cuando me estaba yendo a trabajar… yo me vine en la bici para el laburo, fui al medio día a la casa para comer, la deje en la entrada. Cuando salgo para volver a trabajar, estaba el portón abierto y la bici no estaba”, relata tristemente Cristian.
Quienes se llevaron la bicicleta, no pueden no haber visto la silla de Amadeo. No pueden no haber leído el cartel azul en el respaldo cuya leyenda dice “Yo soy papá de una persona con autismo”. No solo se llevaron un medio de transporte, no fue un robo más. Truncaron el sueño de un niño y su padre. Cortaron la posibilidad de un vecinito de tener una conexión con este mundo, donde quienes no tenemos un trastorno neurobiológico hemos perdido la empatía y el individualismo nos lleva a que hoy tengamos que lamentar este hecho.

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